
Y es que tengo un personal trainer. O sea, un entrenador personal de toda la vida.
Sí, sí, como lo leéis, y lo mejor de todo es que no me cuesta un duro. Claro que esto también tiene su parte negativa: al no pagarle no le puedo despedir o decirle “ufff, estoy taaaan cansada. Paso”. Así que hasta que él no se aburra de mí tendré que acatar sus órdenes.
Como conté en este post, uno de mis propósitos de Año Nuevo es hacer la Behobia-San Sebastian. Es una carrera muy popular aquí por lo que es fácil conocer a alguien que la haya hecho. Este chico, que es mi masajista, la ha corrido ocho veces. Al saber de mis intenciones se ofreció amablemente a entrenarme y claro, no le pude decir que no. Porque no dudo de mis capacidades, ¿eh? pero si alguien te empuja pues seguro que es más fácil.
Ay, amigas/os, ¡en buena hora acepté! Sólo llevo una semana con él y ya tengo unas agujetas que no puedo ni moverme. El martes me endilgó las mancuernas de cinco kilos (¡¡¡CINCO!!!) y hale, a hacer pectoral. Ayer me trajo una tabla con lo que tengo que hacer cada día. Y lo que es peor, ¡hoy ha dicho algo de cambiar mis hábitos alimenticios! Esto me huele mal… Me da que me va a restringir la cerveza y eso no, ¿eh? Yo por mi Heineken MA-TO. Encima que estoy en pleno proceso de duelo me voy a ver también con el síndrome de abstinencia. Joder. Que eso es inhumano…
La carrera es en noviembre… anda que no me queda nada. Y con el veranito de por medio. Que si las cañas, que si las tapas, que si trasnocho... Ay madreeee, que esto me va a doler. Pero ya no puedo rajarme porque todo el gimnasio sabe que voy a hacer la carrera y mis padres, amigas y familia, también. No me queda más remedio que seguir adelante. Aunque si me cuesta mucho siempre puedo fingir una lesión. O tirarme por las escaleras para romperme una pierna.

Ya os iré contando mis progresos, si me voy pareciendo a Madonna o a la Teniente O’Neil y si tengo que hincharme a latas de atún y huevos duros, Isostar y zumos de naranja. ¡Ufff! Si eso debe de ser hasta malo… ¿no?