
El sábado estuve en la playa con mi amiga Aurora. Fuimos para todo el día, cargadas con sombrilla, nevera y litros de agua para no morir deshidratadas. Después de comer sesteamos con la cabeza a la sombra y el cuerpecito al sol. Dormitamos boca arriba, boca abajo, otra vez boca arriba...
De repente, cuando más dulces eran mis sueños, me despiertan unas voces. Abro un ojo y me encuentro un grupo de unos diez muchachos rodeándonos. La playa estaba hasta la bandera pero nos rodeaban a nosotras. No a la pareja de a lado ni a las niñas monas de un poquito más allá. No. A nosotras. No-so-tras. ¿Por qué? ¿Eh? ¿Por qué? Con la cantidad de gente que había... (vale, puede ser porque éramos dos mujeres solas y estábamos en tetas).
Mientras todos los del grupo (y el resto de la playa) nos miraban, uno de ellos hablaba en francés a la vez que enarbolaba un bote de aceite de monoï.
Aurora tradujo. Decía que era nuestro día de suerte y que nos correspondía un masaje gratis. Estaban de despedida de soltero y al pobre que se iba a casar le habían puesto una máscara de lucha mexicana, un bañador UHF (Un Huevo Fuera), lo llevaban atado con una correa y le obligaban a arrodillarse a masajear a los elegidos.
Con la legaña pegada al ojo, me convertí en la versión femenina del increíble Hulk. “Nena, se puede mirar mal, peor y como tú lo has hecho” – me dijo Aurora – “sólo te ha faltado echar espuma por la boca”. Y sí debí de mirarles bizca, sí, porque los gabachos se fueron en busca de otras víctimas con cara de “vaya par de rancias”.
La cosa es que después me pareció una idea muy graciosa. Una putada para el de la careta, eso sí, porque era el día más caluroso del verano, pero algo que cuentas y te ríes mucho. Luego, claro está. Si una vez espabilada hasta me dio cosilla y estuve a punto de decirles que volvieran. Y ahora, de hecho, me parto...
Pero es que ellos no sabían que nunca hay que despertar a la fiera. Avisadas estáis.